FLOR DE VERANO
Verano en el patio. El sol pica hasta debajo del toldo de lona. Abrimos la manguera y nos bañamos con mis hermanas bajo el agua tibia del chorro. La piscina inflable turbia revuelta de tierra de los pies y juguetes que flotan. Nos reímos. A mi hermana chica de siete le faltan las paletas y se le ve la campanilla cuando se ríe. Yo tengo alguna ventanita en mi sonrisa todavía. Mi hermana grande con su sonrisa completa y la malla entera.
Ponete la parte de arriba del bikini que viene tu primo, me dice mamá y no entiendo. Después, con los años, entendí. Parece que hacerse grande hace que no se pueda mostrar el torso. Ser mujer entendí que viene con soutienes apretados e incómodos como los corsés del pasado. Eso lo aprendí bien de grande, mucho después de los veranos de piscina inflable y dientes de leche.
Mi yo niña no sabía lo que era la vergüenza ni el pudor, hasta que me taparon tantas veces que empecé a buscar remeras holgadas y bermudas largas. Nada que marcara mi cuerpo de mujer, que parece que había que tenerlo oculto, que era algo malo y que mirá con lo que anda, después que no se queje si le pasa algo, todas esas cosas. Mi primo podía bañarse en calzoncillos nomás y moverse como quisiera y correr por la calle del pueblo y nadie le decía nada. Pero era hombre, vos no entendés, decía mi mamá. Y yo no entendía. Más tarde entendí. Cuando un hombre habla es una cosa y cuando habla una mujer es otra. Por eso yo quise ser maestra, porque quería enseñar a niños y niñas por igual. Sin diferencia.
Después de grande ya no quise jugar el juego de las muñecas y los bebés, de los maquillajes y las citas. Mi primer amor llegó a los treinta y cuatro años, y no llegó como esperaban mis padres. No era el príncipe azul ni el hombre de mis sueños con el cual hacer el hogar soñado, con bebés como mis muñecas, que lloraban y había que pasear en la plaza para que se durmieran.
El amor de mi vida llegó sin que yo lo pudiera evitar, fue un flechazo. Llegó con su vestido floreado y sus rulos castaños. Fue una sonrisa y supe que quería estar con esa persona para siempre. Nunca había sentido ese amor. Mis padres no querían saber de nada. Ellos esperaban que me casara y tuviera hijos, como mis hermanas. Nada de esas cosas raras, seguro es una fase, Teresa. Qué desilusión.
Volví a sentir la vergüenza de la infancia, el pudor. No era por el bikini y mi primo, era porque estaba enamorada de una mujer.
Quise esperar a ver si se me pasaba, pero el amor no se pasa y tuve que elegir mi propia felicidad antes que vivir la vida que me tenían planeada. No iba a cumplir el mandato. Todo el pueblo gritaba en sus miradas que estaba haciendo algo prohibido, sucio, promiscuo. Pero yo tenía mis valores de siempre, no habían cambiado. Tuve que luchar contra todos los prejuicios del resto y los míos.
Nos fuimos a vivir juntas. Yo maestra y ella enfermera. Veintiséis años hace que estamos juntas. Felices como el primer día. Nuestra casa está abierta a todos los sobrinos que malcriamos. A ellos les armamos la piscina en el patio también. No tienen por qué jugar a las muñecas ni a los bebés.
La vida viene sin libro de instrucciones.
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